Iniciamos nuestra semana y llegamos prácticamente a la mitad de nuestro mes de septiembre. Camino vivido recorrido y servido, pero ante todo acompañado por tu presencia amorosa y misericordiosa. Gracias, Señor, porque sigues caminando a nuestro lado y nos muestras los senderos que hemos de recorrer durante esta semana que iniciamos para hacer tu santa voluntad.
En este día celebramos la memoria de la Santa Cruz. Esto nos da pie para reflexionar en el sentido valioso y victorioso que tiene la cruz para nosotros, tus discípulos; no una cruz de dolor y de tristeza, porque tú la convertiste en verdadera felicidad y triunfo sobre la muerte. Hoy encontramos en tu palabra la motivación necesaria para mirar la cruz con esperanza y consuelo. Mirar a la serpiente significó para tu pueblo curarse de la mordedura de las serpientes reales que habían invadido el campamente judío en su éxodo de Egipto, camino a la tierra prometida. Tú quieres que te miremos en la cruz, simbolizado por esa serpiente de bronce, para que se realice en nosotros su acción salvífica. Mirarte es tenerte como referencia en nuestro vivir, para librarnos de quien puede envenenarnos, es decir, de los que acaban con la razón de nuestro vivir, de tener una vida real, humana, y llena de tu amor.
¿Dedicamos tiempo a mirarte como crucificado?
«Que al nombre de Jesús toda rodilla se doble». Es uno de los textos más explícitos de la honda fe de san Pablo. Es un himno a Ti, crucificado, que a pesar de tu condición divina te rebajas a ser esclavo y, lo que es más significativo para nosotros, a pasar por uno de tantos. Asumir el anonimato, viviendo como un hombre cualquiera, y rebajarse hasta someterse a una muerte y una muerte de cruz.
Gracias, Señor, por tu entrega generosa y compasiva en favor de nosotros, pecadores, necesitados de tu amor. Ahora, Señor, regálanos el don la sabiduría y el don del discernimiento para pensar en estas palabras finales: «Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna».
Un muy consolador y esperanzador lunes, no de dolor, sino de victoria. Los abrazo y los bendigo. Feliz inicio de semana.
PALABRA DEL PAPA
«Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna» (Jn 3, 14-15). Se hace referencia al episodio en el que, durante el éxodo de Egipto, los judíos fueron atacados por serpientes venenosas y muchos murieron; entonces Dios ordenó a Moisés que hiciera una serpiente de bronce y la pusiera sobre un estandarte: si alguien era mordido por las serpientes, al mirar a la serpiente de bronce, quedaba curado (cf. Nm 21, 4-9). También Jesús será levantado sobre la cruz, para que todo el que se encuentre en peligro de muerte a causa del pecado, dirigiéndose con fe a él, que murió por nosotros, sea salvado. «Porque Dios —escribe san Juan— no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3, 17) (…) Así pues, si es infinito el amor misericordioso de Dios, que llegó al punto de dar a su Hijo único como rescate de nuestra vida, también es grande nuestra responsabilidad: cada uno, por tanto, para poder ser curado, debe reconocer que está enfermo; cada uno debe confesar su propio pecado, para que el perdón de Dios, ya dado en la cruz, pueda tener efecto en su corazón y en su vida. (…) A veces el hombre ama más las tinieblas que la luz, porque está apegado a sus pecados. Sin embargo, la verdadera paz y alegría sólo se encuentran abriéndose a la luz y confesando con sinceridad las propias culpas a Dios. (Benedicto XVI - Ángelus, 18 de marzo de 2012)
