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2-nov.-lunes de la 31.ª semana del T. O.

No estamos encerrados en el pasado, en las lágrimas de la nostalgia; tampoco estamos confinados en el presente, como en un sepulcro.

Al mirar el amanecer de este nuevo día de descanso que nos regalas, ponemos nuestra mirada en tu presencia misericordiosa y amorosa, que nos invita recordar a nuestros padres, hermanos, tíos, abuelos, primos, suegros, suegras, cuñados, parientes y amigos. No los recordamos con amargura ni con sentimientos de tristeza, porque nos has regalado una esperanza grande de saber que están a tu lado, gozando de tu presencia. Tu palabra misma nos da la certeza y la confianza: «Las almas de los justos están en las manos de Dios y ya no las afectará ningún tormento». Tenemos el gran consuelo de saber que viven a tu lado en el reino de la justicia, la paz y la armonía. Los llevamos en el corazón y los recordamos con cariño en nuestro diario vivir ante todo por seguir formando parte de nuestras vidas; guardamos sus sabios consejos y su ayuda oportuna. Gracias por consolarnos ante la desesperanza y la soledad por la ausencia de los que amamos y ayúdanos a tener muy en cuenta tus palabras: «no se angustie vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí». Creemos y esperamos en Ti, nos confiamos a tu presencia y te pedimos consuelo en nuestras aflicciones, para que aprendamos a vivir la vida en plenitud y en Ti nos encontremos con la verdad que necesitamos y buscamos. 

Entregamos confiadamente en tus manos nuestra vida y nuestra muerte. Danos el pan que da vida y el vino de fidelidad para que podamos vencer a la muerte y vivir para la vida, y un día nos unamos gozosamente a nuestros seres queridos que partieron antes que nosotros en fe y esperanza. En tus manos te los confiamos. 

Feliz y esperanzador lunes de descanso para recordar a nuestros Angelitos. 

PALABRA DEL PAPA

La resurrección de entre los muertos de Jesús, el Crucificado, ilumina en estos primeros días de noviembre el destino de cada uno de nosotros. Nos lo dijo Él mismo: «La voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me dio, sino que lo resucite en el último día» (Jn 6,39). Por lo tanto, el núcleo de la preocupación de Dios está claro: que nadie se pierda para siempre, que cada uno tenga su lugar y resplandezca en su unicidad.  (…) Por esta razón, los cristianos recuerdan desde siempre a los difuntos en cada Eucaristía, y hasta la fecha piden que sus seres queridos sean mencionados en la plegaria eucarística. Desde aquel anuncio surge la esperanza de que nadie se perderá. Que la visita al cementerio, en la que el silencio interrumpe la agitación del activismo, sea para todos nosotros una invitación a la memoria y a la espera. «Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro» profesamos en el Credo. Conmemoramos, por tanto, el futuro. No estamos encerrados en el pasado, en las lágrimas de la nostalgia; tampoco estamos confinados en el presente, como en un sepulcro. Que la voz familiar de Jesús nos alcance, y alcance a todos, porque es la única que viene del futuro. (Papa León XIV, Ángelus, 2 de noviembre de 2025)

La voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me dio
ORACIÓN 

Señor, vengo a Ti, a estar contigo. Y lo hago de mañana, con la frescura del amanecer, con la limpieza de la tierra, con la caricia del viento, con el encanto de lo nuevo, lo no usado, lo no manchado, lo no estropeado. Y te pido tener la mente fresca y los oídos bien abiertos para escuchar de Ti unas palabras enternecedoras: “No tengáis miedo, no os turbéis, confiad”- Haz que estas dulces palabras se metan en mi cabeza y sepa guardarlas en mi corazón. Amén 

Reflexión 

«No se turbe vuestro corazón». Palabras consoladoras de JESÚS, sobre todo si tenemos en cuenta el momento en que las pronunció: antes de su partida. La ausencia de Jesús iba a abrir una honda herida en el corazón de sus discípulos. Durante varios años Él ha sido para ellos su amigo, su defensor, su apoyo, su fortaleza. Ahora se marcha y les acecha la tristeza, la angustia, la soledad. Jesús los anima a perder el miedo, a superar la tristeza. Llega el momento de la fe, es decir, de la confianza en Él, del fiarse plenamente de su persona. Y les consuela diciendo que se va porque les interesa a ellos, porque así les puede preparar una casa bonita en el cielo. Es una casa grande, con muchas mansiones. Que nadie pase apuros por dudar si habrá sitio para él. Después volverá, pero no para seguir viviendo aquí en este “valle de lágrimas” sino en un lugar maravilloso donde ya no habrá “ni luto, ni llanto, ni dolor”. Una casa donde el gozo será vivir en el amor: en el amor del Padre, en el amor de Jesús y en el amor de los hermanos. Es el fruto de la redención llevada a cabo por Jesús y hecha realidad en nosotros por la fuerza del Espíritu, no por nuestros propios méritos.

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda Pbro.